martes, 25 de agosto de 2009

Borges soñado por el hipertexto.

Nicolás Amoroso Boelcke.

Si Borges hubiese tenido una computadora habría podido experimentar con alguno de sus sueños en el hipertexto, habría permitido que este nuevo lenguaje lo soñase. Hay dos escritos en los cuales se refiere a textos literarios inexistentes pero comentados como reales dentro de la ficción. A uno lo ha catalogado como notas sobre libros imaginarios y al otro como relato policial : EXAMEN DE LA OBRA DE HERBERT QUAIN y EL JARDIN DE SENDEROS QUE SE BIFURCAN. Como una liga de hipertexto referencia en el primero otra narración suya Las ruinas circulares. Los textos están en su libro titulado FICCIONES .
En el primero, Borges autor da paso a un Borges analista de textos de otro escritor (inventado por él, pero con referencias precisas para que aceptemos su existencia) que acaba de morir. Uno de esos escritos es una narración: “Aun más heterodoxa es la ‘novela regresiva, ramificada’ April March, cuya tercera (y única) parte es de 1936. Nadie, al juzgar esa novela, se niega a descubrir que es un juego...” De ella, Borges toma ciertos aspectos para narrarnos la característica de esa obra cuya estructura no podía realizarse en el momento en el que escribió estas notas. Por ello escamotea lo que no puede ser y se refiere a una especie de potencialidad del discurso sin aclarar de qué manera se podía llevar a la práctica tal esquema. Esto la torna doblemente inquietante, por la originalidad de la propuesta y porque pone al lector a intentar imaginar una salida que, a la altura en que él la imaginó (y mucho después), era imposible realizar. Genera una suerte de encrucijada conceptual que, en definitiva, impide que se imprima tal como él la describe.
Tiene, entonces, que recurrir a una especie de ecuación matemática para explicarnos su intencionalidad: “Trece capítulos integran la obra. El primero refiere el ambiguo diálogo de unos desconocidos en un andén. El segundo refiere los sucesos de la víspera del primero. El tercero, también retrógrado, refiere los sucesos de otra posible víspera del primero; el cuarto, los de otra. Cada una de esas tres vísperas (que rigurosamente se excluyen) se ramifica en otras tres vísperas, de índole muy diversa. La obra total consta pues de nueve novelas; cada novela, de tres largos capítulos. (El primero es común a todas ellas, naturalmente.) De esas novelas, una es de carácter simbólico; otra, sobrenatural; otra, policial; otra, psicológica; otra, comunista; otra, anticomunista. etcétera. Quizá un esquema ayude a comprender la estructura.


x 1
y 1 x 2
x 3

x 4
z y 2 x 5
x 6

x 7
y 3 x 8
x 9”

Siguiendo el orden de publicación que Borges señala, quedaría organizada de la siguiente manera:

Capítulo 1 z
2 y 1
3 y 2
4 y 3

Esto hace presuponer, dado que él no lo aclara ya que es imposible de realizar para la tecnología del libro impreso, que el orden de los capítulos seguiría así:

Capítulo 5 x 1
6 x 2
7 x 3
8 x 4
9 x 5
10 x 6 y de esta manera sucesivamente.

Sin embargo Borges habla de nueve novelas cuyo seguimiento de lectura sería el siguiente:

Novela 1 Capítulo z Capítulo y 1 Capítulo x 1
2 z y 1 x 2
3 z y 1 x 3

4 z y 2 x 4
5 z y 2 x 5
6 z y 2 x 6

7 z y 3 x 7
8 z y 3 x 8
9 z y 3 x 9

Es evidente que este esquema es contradictorio al anterior. No obstante, Borges también lo da como válido cuando afirma, aunque sea por negación, que: “Quienes los leen en forma cronológica (verbigracia: x3, y1, z) pierden el sabor peculiar del extraño libro.” El problema que se plantea es el de la continuidad, porque en el libro los capítulos sucesivos, de acuerdo a este esquema, quedan ubicados inevitablemente con otros que interrumpen la narración. En efecto, si observamos el penúltimo esquema, los capítulos 5, 6 y 7 (x1, x2, x3) son los que están vinculados al 2 (y1). Por lo cual el 5 (x1) tiene en medio el 3 y 4 (y1, y2) que corresponden a las otras seis líneas de lectura. El 6 (x2) suma el 5 (x1) a los anteriores y así sucesivamente hasta llegar al último, el capítulo 13 (x9) que estaría vinculado al 4 (y3) y tendría enmedio los capítulos que van del 5 al 12. Para poder establecer esos nexos tendría que existir una información complementaria que nos indicase, en cada caso, en qué página se tiene que seguir con la lectura. No es imposible; pero, obliga al receptor a una manipulación del libro y ello altera la continuidad de la lectura.
Otra forma posible de edición sería repitiendo los primeros capítulos las veces que fuera necesario. Así, el primero (z), aparecería en nueve oportunidades. Del segundo al cuarto (y1, y2, y3) se repetirían tres veces cada uno de ellos. Sería otra forma posible, pero sumaría una gran cantidad de páginas. De los trece capítulos que contienen la información total, pasaríamos a veintisiete, o sea, catorce capítulos repetidos. Estaríamos más que duplicando el número de páginas de cada volúmen.
Si estuviera instalado en hipertexto no habría que repetir nada y la circulación sería inmediata sin cortes por busca de la continuidad de lectura. Así, al concluir con el primer capítulo, tres botones nos marcarían las alternativas. Terminado el segundo, otros tres botones nos anunciarían que existen otras tres posibilidades para continuar. Concluida la lectura de ese tercer capítulo un botón nos regresaría al final del segundo para iniciar un nuevo tercero. Cuando se concluya con la lectura de este último tres, volveríamos al dos para, botón mediante, retornar al capítulo uno y desde allí emprender otro camino por un nuevo dos y sus tres tres que a él estarían ligados y así hasta el final. Este sería el esquema y, lógicamente, podría hacerse la navegación por cualesquiera de ellos sin ningún orden establecido, o sea que la elección de los capítulos dos no estaría condicionada por un orden de lectura que el libro impreso inevitablemente establece, dada su espacialidad real. El lector marcaría en uno u otro de los botones ya que no ofrecerían ninguna ponderación. Por supuesto, si el autor así lo decidiese, podría indicar claramente una forma de lectura determinada mediante una clasificación numérica o alfabética de los botones. Idéntica cuestión se plantearía con las alternativas para los distintos capítulos tres.
Cuando Borges imagina esta novela en nueve y la caracteriza como ramificada, está planteando algo utópico; por ello es que no se detiene a pensar más allá, en lo que sería su realización, pero está anticipándose a las posibilidades que hoy ofrece este nuevo lenguaje. “Una invención técnica no puede resolver un problema artístico, no puede más que plantearlo, antes que una segunda invención, propiamente estética, venga a resolverlo” . En el caso que nos ocupa estaríamos invirtiendo esta ecuación. Una nueva técnica posibilita un sueño.
Quisiera concluir esta parte con otra anticipación, una especie de chiste borgiano: “No sé si debo recordar que ya publicado April March, Quain se arrepintió del orden ternario y predijo que los hombres que lo imitaran optarían por el binario.

x 1
y 1
x 2
z
x3
y2
x4”

(Binario es el lenguaje de las computadoras). Y agregaba a renglón seguido: “y los demiurgos y los dioses por el infinito, infinitas historias infinitamente ramificadas.” El ordenador no es uno de esos dioses pero si un demiurgo de la posmodernidad.
Otro detalle anticipador es que, este supuesto autor, Herbert Quain, afirma algo que es materia de preocupación del momento. Aquellos que ven, en este medio electrónico, una amenaza: “Quain solía argumentar que los lectores eran una especie ya extinta”. (En extinción dicen los actuales).
El otro texto que quise tomar es el relato policial EL JARDIN DE SENDEROS QUE SE BIFURCAN . Amparado en una anécdota de espionaje los personajes hablan sobre una novela escrita en la China imperial por “Ts’ui Pên que fue gorbenador de Yunnan ( y que) todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. Un laberinto de símbolos. Un invisible laberinto de tiempo. Ts’ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Un volúmen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. El jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica. La bifurcación en el tiempo, no en el espacio. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextrincable Ts’ui Pên opta -simultáneamente- por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles. Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts’ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez los senderos de ese laberinto convergen: por ejemplo, dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta, el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla les parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. Las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y a morir”.
En este caso nos encontramos con un conflicto similar al anterior respecto a un texto radical en su estructura pero impublicable para la tecnología de la época; no sólo a la de Ts’ui Pên, en el caso de que éste hubiere existido, sino del propio Borges. No obstante, va más lejos del puro esquema lógico con el que tuvo que trabajar el anterior y nos da una probadita de dos capítulos de la obra. Establece también una diferencia entre aquel que se quedaba en el nivel del juego y éste que está más allá de esa circunstancia. Ahonda, asimismo, en la postura filosófica del chino para decirnos, a quienes lo escuchamos desde el hipertexto, que su articulación entraña una forma distinta de entender el mundo, con sus tiempos divergentes, convergentes y paralelos.
“La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. De todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinita serie de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos”.
Entre lo que nos narra Borges sobre lo que sería esa supuesta novela, cuya filosofía del tiempo se verifica en el propio relato, y lo que habíamos revisado antes respecto a lo que sucedería con una puesta en hipertexto de esas notas, podemos concluir que un criterio similar podría iluminar la existencia de este caso. Desde aquellos capítulos paralelos, que se abrirían al final del capítulo anterior como dos alternativas posibles de lectura, ejemplificados con la marcha de un ejército hacia la batalla sin que, en este caso, se altere el resultado final del combate; o las diversas posibilidades que se presentan cuando Fang es visitado por el intruso; o el héroe muerto en el tercer capítulo y vivo en el cuarto; o la idea de constituir un volúmen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Todos y cada uno de estos planteos se pueden verificar en un medio electrónico.
La última propuesta, constituir un libro circular cuya primera página sea la primera, da una idea de circulación sin posibilidad de salida que puede resultar angustiante para el lector. Es absolutamente factible, no deseable, presentarle un esquema de tal naturaleza. En efecto, una vez que ha ingresado al libro electrónico tendría que circular, con alternativas, en una dirección idéntica. Una navegación que lo llevase de un punto a otro sin posibilidad de retorno, sin que pudiese entender el mecanismo que lo ha instalado en tal lugar y que desde allí lo conduce a otro ámbito y así sucesivamente . Que no le quedase otro recurso que apagar la computadora para salir del laberinto .
Borges, hipotéticamente, estaría fascinado si pudiera experimentar juego semejante. “Solía soñar con cuartos idénticos a otros cuartos que se repetían infinitamente. En el sueño una luz inmutable le mostraba el laberinto sin fin, que recorría y volvía a recorrer hasta que la angustia creciente de la pesadilla lo despertaba”. Esta situación de circularidad está presente en su obra y aparece en forma transparente en un cuento, EL INMORTAL: “La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron.”
Los cuestionamientos que se hacen ciertos defensores del libro, ante esta supuesta amenaza electrónica, es sobre el destino de las bibliotecas, esos vastos edificios, verdaderos monumentos a la cultura. Borges también anticipa una respuesta al tema. En su cuento LA BIBLIOTECA DE BABEL hay una nota de pie de página al final del texto que dice: “Letizia Alvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos.) El manejo de ese vademécum sedoso no sería cómodo: cada hoja, aparentemente, se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés”.
Esa inconcebible hoja central, ¿será la pantalla de la computadora? Al menos, no tiene revés.